Te veo palabras

Te veo palabras

viernes, 5 de septiembre de 2014

De Pedro, del padre, el hijo y los amurallados



A veces pienso en los ojos rígidos
del muchacho de la esquina.
Por momentos, siento como si fuese en mi rostro
que caía ese cansado sudor mezclado con las saladas lágrimas
que le empapaban el cuerpo, que le envolvían el cuello,
gotas que eran el consuelo del pan ausente en la mesa que compartía con sus hijos.

A veces, me quedaba observando su piel enharinada de polvo,
desde los primeros cantos penosos de los pajaros que posaban en aquel viejo árbol
hasta la salida de los grillos y su orquesta que acompañaba el caer del sol.

Una jornada autónoma le explicaba
a la desesperanza de su hijo, el mayor,
las tareas de la vida.
Le contaba que los caminos se impusieron así,
que levantaron paredes y vueltas asemejadas a la eternidad,
que hicieron nacer desde el centro caminos que llegaban al alma
y no mostraban la luz; no la mostraban,
sólo los gestos y muecas disimulados de esperanzas tramposas.

Y vivían, o pasaban la vida,
daba lo mismo el verbo,
clavados en sus historias...

El padre, hombre de talle recesivo
por 20, 30, 40, 50, 60 años de trabajo,
cada vez estaba más encorvado;
el hijo por 20 o 30 años de trabajo se encontraba completando casilleros,
ya ni contando el tiempo reversible pero lineal que le estrujaba
sus ásperas articulaciones.

Y el tiempo se volvía crucial por la noche,
su cielo, amado en las horas que corrían después de la cena;
o la noche, su odio encarnizado al resto de las horas del día
donde el sol alumbraba sólo al hombre que comía sentado
mientras observaba las gotas aunadas,
las de ellos, que caían y a sus oídos hacían vibrar
la melodía que se formaba entre el ruido-silencio,
tortuoso de la fatiga.

Pero se vivía, eso creían al menos,
acostumbrados al grito
como un nudo de alambres en la garganta...

Hasta que llegó un día, el día en que aquel hombre encorvado
y el nuevo compañero de la cal y la piedra,
levantaron más que arte en ladrillos...

Dicen que fue aquel otro muchacho
el de la otra cuadra, el iluminado y escuálido Pedro,
el preocupante hombre de la figura plana,
fina y plana,
que comenzó a sacudir los enharinados ojos de ese padre y
dicho hijo.
Fue él, fueron sus chasquidos de dedos al hablar como con señas
de humo sin humo que dio vuelta la escena...

Y así se fueron transformando,
perdiendo el uso monocromático casi eterno de las imágenes.
Las noches cambiaron su rumbo,
las paredes libres, límites de su nuevo sucucho
oscuro pero fresco,
acumularon innumerables manos, manos como el pico y la pala de las horas del día,
manos que serían el motivo de incontables sonrisas,
de profundas alegrías.

Lograron sacar más de una palabra de sus bocas,
lograron sacudirse el polvo, desanudar los alambres,
hacerle frente a los caminos impuestos,
acumular fuerzas que luego depositarían en una cajita
que explotaba como sorpresa con cada injusticia acometida contra el padre,
el hijo, Pedro, o el de la vuelta, o incluso los amurallados de cuatro cuadras hacia el norte.
ya casi al final del barrio.

Y era increíble verlos juntos,
haciendo temblar al pueblo, aquel pequeño pueblito de Entre Ríos,
atando sus fuerzas a ese pico y a esa pala por tantos años herramientas odiadas,
pero que por aquellas épocas,
nuevos pájaros de vuelo alto,
bautizaron como sus herramientas de combate.



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