Te veo palabras

Te veo palabras

martes, 16 de septiembre de 2014

De fantasías y recuerdos locos



"..de todos modos para vos no es novedad
que el mundo

y yo

te queremos de veras

pero yo siempre un poquito

 más que el mundo..."

M. Benedetti





Y hoy me di cuenta que te metías y mezclabas entre los humos de mi cabeza como lo hacía la música esa  que escuchábamos en los días de lluvia./ Tonight, tonight de los Smashing Pumpkins. 


Han pasado algunas mañanas/ algunos días/ algunas noches/ de sexo/ de melancolía/ de ansiedades/ de nervios/ de enojo/ de discusiones./ Y quiero contarlo todo, gritarlo todo/ Me sienta bien escribirte a vos y al Universo. 


Me enternecían nuestros momentos/ no hablábamos de amor pero lo construíamos/ recuerdo las fotos/ los cuadros de comodidades coloridas.


Recuerdo que a veces mirábamos las nubes y les buscamos formas/ cantábamos a capella y todo nos parecía armónico/ y cruzaban los pájaros y le silbamos un buen viaje/ y pasaba una viejita medio loca y me corría una lágrima.


Podíamos tomar helado y sentirnos niños/ y luego sentirnos grandes y desearnos/ y podíamos también derretirnos en el chocolate con frutilla que te saboreaba la lengua/ aunque lo pensaras al revés y yo no dijera nada/ y podía también fijarme como sin mundo, en la manchita que te quedó en ese costado de la boca, y darte un beso con sabor a todo/ a viento, a lluvia, a nube, a cielo.


También podíamos inventarnos escaleras que bien sabíamos, no subiríamos/ e inventar algún otro idioma que no hablaríamos porque nos endulzábamos en silencios./ Ahora pienso recordando alguna peli de Viernes por la noche: todo el momento son muchos minutos/ todos los momentitos son sólo un tiempo.


No entendíamos mucho pero sabíamos de cosquillas, mimos y esas cosas que en el diccionario no salen bien explicadas.

Y hasta podíamos aburrirnos/ y podíamos dejarnos solos en el banco de alguna plaza/ de alguna otra provincia/ pero también podíamos arrugarnos y comenzar a leernos, imitando a los viejitos de la fuente./ Bien supimos no enamorarnos.

Y pensando en el otro día, espero que recuerdes el final del poema que te leí/ yo sé que eran palabrerías ruborizadas, pero de eso se trataba/ cada letra te contenía un poquito y me contenía también/ si no, por qué veo todo tan verde, tan azul, tan rosa y hasta violeta?/ Y cuando camino de vuelta me tropiezo con laberintos, torres, un tablero especulador, quizá un verso gris o un sol de Otoño./

Aún me sabes  al chupetín que nos pintaba la lengua, la saliva, la piel,  hasta los besos.

Ojalá entiendas que vivís en mi desorden/ que me cuidan tus secretos disfrazados, esos que alguna vez me dejaste bajo del florero (que adornaba la mesa)/ Y me pone feliz la biblioteca y el cofrecito y hasta la flor fucsia que cuido más que a nada, a la que aún le sobreviven brazos y manos/ su olor a vida.

Y ya ves? Vuelvo al desorden que no era tan lindo cuando teníamos que sentarnos/ pero no importa, mi lindo./ Te dije que me siento bien, acaricio aquellas horas mientras me columpio en la hamaca que nunca tuvimos juntos pero que fabrico por las noches.

Las sonrisas saltan locas por acá / y me gustaría saber si juegan al ring-raje por allá?/ Porque hoy el conejo blanco me vino a buscar y lo mandé para otro lado/ nos veo todavía risueños./ Aún no estamos listos./ Y digo esto en silencio porque aún escucho las carcajadas de aquellas niñas que nos miraban desde el cordón de la acequia.

Pero no me importa/ hoy me levanto y quiero/ aunque quiera por partecitas en el mundo fantástico del todo/ y aunque sea todo fantástico-fantasías, lo siento real por adentro./ Y en realidad eso es lo que quería que supieras/ aunque un montón de cosas más se quedaron guardadas en el último cajón de la mesita de luz y no puedo negociarlas.

En fin, mi lindito/ ¡mirá esto!/ estoy llenando las letras, y mis palabras y mi cabeza/ y como ves, te quiero con mis fantasías y recuerdos locos./ El mundo, y yo, y vos./ Y todo esto me alegra. 


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Entre lluvia y marihuana

-Sin terminar-

Para mis lindxs amigxs, Ernst y Flora...



Yo recuerdo aquella tarde, de la ropa pegada al cuerpo como nuestras cabezas al sueño. Podríamos decir que la ropa gozaba de la combinación infantil pero exacta de los colores-contrastes claroscuros. Esa tarde todo el ambiente estaba así. Fue una tarde lluviosa, o más bien una tarde en la que del cielo caían gotas en patotas. Esas gotas bien sabían desparramarse por todos los rincones de la casa; se pintaban los cajones viejos y chuecos, el adorno navideño ya olvidado en la puerta, el lampazo y hasta el porta llaves que nunca usábamos. Nos divertíamos. Nos sentía como si fuésemos un libro para colorear, de esos que te venían con el diario de las noticias los Domingos.
- Dale, no me mientas estoy segura que llorabas escandalosamente para que te lo compraran.-
Y pienso lo bueno que es el recuerdo, de hecho, me opongo fervientemente a la estupidez de pensar que existe el olvido, como si esa palabra no fuese uno de los  tantos agentes distractores del corazón humano (porque ni siquiera lo es de la mente o quizá ni me importa). 
Por ejemplo, yo no olvido tu jeans, y soy feliz de no hacerlo. Ese llamado blue jeans con el que hacíamos apología al tema adolescente que, los cuatro, habíamos tenido el enorme placer de escuchar por repetidas horas años atrás. En fin, recuerdo tu jeans, tu blue jeans rajado en las rodillas como intentando llamar la atención para contarnos sus historias de aventuras infantiles. 
Y así se daba, la canción comenzaba a sonar, no sé en qué momento ni cómo pero hasta las luces estaban apagadas (al igual que nuestras mentes) y la música sonaba con un instrumento nuevo (el de la gota o las miles de gotas que golpeaban en el envase de cerveza que vaciamos la noche anterior en la terraza). ¡Qué noche patas pa'rriba! ¿Y vos?, sentado fumándote el humo del cigarrillo al que no piteabas y deseando prenderte el porro que tu nuevo personaje compró en la plaza; aunque tenías una pipa (lo recordaste justo antes de encender la punta) y como es de saberse, cambiaste los planes. Optaste por desarmar aquel grueso armado (y cambiar la táctica), envuelto en papel saborizado con insecticida, dejando libre esa mezcla rara que nos convidaba del olor más rico al que la celosa lluvia intentaba acoplarse. 
La lluvia, comenzaba a caer cada vez más fuerte -nunca lo dije pero recuerdo haber pensado en la posibilidad de que nos haya escuchado hablar de su pérdida de sentido, ya no era ella el centro de todo, habíamos encontrado otro-, en ese momento, dejamos ser libre a la "poción" mágica con las que los punkys escuchan a The Ramones en la Independencia. Comenzaba a sonar Poison Heart y nos volvimos nostálgicos  y sonrientes (como los ancianos ex tangueros que escuchan a Gardel y en el afán de bailar un poco sonríen y dejan que se empañen los vidrios de sus lentes). Todo se volvía divertido. Debo admitir que era gracioso verte en el medio de un ritual para materialistas, concentrado en fumar de la forma más correcta (según los aficionados en el tema), cosa de no desperdiciar ni un minuto el vuelo que bien podíamos imaginarlo como en aviones de papel, por supuesto, fantásticos, pero como siempre te decía: un poco real, un poco inventado. 
Me reía, me reía de vos, de tus ojos, los  más brillosos y extasiados que el resto de pares que te observaban y te disfrutaban/mos. Recuerdo perfectamente el momentos en que la invitabas a subir, sí, a ella, a la poción mágica, no entendiendo que la cosa era al revés. Y era fascinante el momento en que sacabas la pipa del bolsillo de la mochila (que por cierto hoy no existe) por lo menos entre tus cosas, las mías, las de ella o la de Marain. Fumabas, porque eras buscador de postales, como Flora, que luego de verte desfallecer en el placer del porro paraguayo (que se consumía directamente en tus pulmones), te pedía una sequita, sequita que era mentira porque lo chupeteaba como quien toma mate. Todo era gracioso, verte a vos, a ella, verlos pelear, tironear el flash que no existía y que creían agarrar. Me daba cuenta que los quería, y no es una especie de bautismo esto que escribo, simplemente que  la melancolía que me producen los días grises como aquel, me inauguran sensibilidades cada vez más cursis.


https://www.youtube.com/watch?v=dtJ1Abepy7w

viernes, 5 de septiembre de 2014

De Pedro, del padre, el hijo y los amurallados



A veces pienso en los ojos rígidos
del muchacho de la esquina.
Por momentos, siento como si fuese en mi rostro
que caía ese cansado sudor mezclado con las saladas lágrimas
que le empapaban el cuerpo, que le envolvían el cuello,
gotas que eran el consuelo del pan ausente en la mesa que compartía con sus hijos.

A veces, me quedaba observando su piel enharinada de polvo,
desde los primeros cantos penosos de los pajaros que posaban en aquel viejo árbol
hasta la salida de los grillos y su orquesta que acompañaba el caer del sol.

Una jornada autónoma le explicaba
a la desesperanza de su hijo, el mayor,
las tareas de la vida.
Le contaba que los caminos se impusieron así,
que levantaron paredes y vueltas asemejadas a la eternidad,
que hicieron nacer desde el centro caminos que llegaban al alma
y no mostraban la luz; no la mostraban,
sólo los gestos y muecas disimulados de esperanzas tramposas.

Y vivían, o pasaban la vida,
daba lo mismo el verbo,
clavados en sus historias...

El padre, hombre de talle recesivo
por 20, 30, 40, 50, 60 años de trabajo,
cada vez estaba más encorvado;
el hijo por 20 o 30 años de trabajo se encontraba completando casilleros,
ya ni contando el tiempo reversible pero lineal que le estrujaba
sus ásperas articulaciones.

Y el tiempo se volvía crucial por la noche,
su cielo, amado en las horas que corrían después de la cena;
o la noche, su odio encarnizado al resto de las horas del día
donde el sol alumbraba sólo al hombre que comía sentado
mientras observaba las gotas aunadas,
las de ellos, que caían y a sus oídos hacían vibrar
la melodía que se formaba entre el ruido-silencio,
tortuoso de la fatiga.

Pero se vivía, eso creían al menos,
acostumbrados al grito
como un nudo de alambres en la garganta...

Hasta que llegó un día, el día en que aquel hombre encorvado
y el nuevo compañero de la cal y la piedra,
levantaron más que arte en ladrillos...

Dicen que fue aquel otro muchacho
el de la otra cuadra, el iluminado y escuálido Pedro,
el preocupante hombre de la figura plana,
fina y plana,
que comenzó a sacudir los enharinados ojos de ese padre y
dicho hijo.
Fue él, fueron sus chasquidos de dedos al hablar como con señas
de humo sin humo que dio vuelta la escena...

Y así se fueron transformando,
perdiendo el uso monocromático casi eterno de las imágenes.
Las noches cambiaron su rumbo,
las paredes libres, límites de su nuevo sucucho
oscuro pero fresco,
acumularon innumerables manos, manos como el pico y la pala de las horas del día,
manos que serían el motivo de incontables sonrisas,
de profundas alegrías.

Lograron sacar más de una palabra de sus bocas,
lograron sacudirse el polvo, desanudar los alambres,
hacerle frente a los caminos impuestos,
acumular fuerzas que luego depositarían en una cajita
que explotaba como sorpresa con cada injusticia acometida contra el padre,
el hijo, Pedro, o el de la vuelta, o incluso los amurallados de cuatro cuadras hacia el norte.
ya casi al final del barrio.

Y era increíble verlos juntos,
haciendo temblar al pueblo, aquel pequeño pueblito de Entre Ríos,
atando sus fuerzas a ese pico y a esa pala por tantos años herramientas odiadas,
pero que por aquellas épocas,
nuevos pájaros de vuelo alto,
bautizaron como sus herramientas de combate.



Mis deseos silenciados



Sometiendo los pensamientos a la procesión 
de silencios a la que me obligan...
Como si mi cuerpo no gritara 
por mis ojos.

*

Y se me inscribe el deseo en las manos,
las que aprieto con disimulo
para no levantar perdices.

- pero nunca tan fuerte, si se daña ya de nada serviría.-

El deseo: el mío, el tuyo, el de todos o tan sólo el nuestro,
revolotea por toda la plaza,
juega con tus sentidos y con los míos,
juega a la ruleta y
se topa en cada giro con el desafío azaroso
que nosotros acallamos

Tus estampitas se vuelven figuritas de hologramas,
y tenemos a un Jesús rockero,
a la virgen en una protesta de amores enfermos.
Y lo llamamos con vergüenza,
y el nos da vuelta la cara,
y -agarrado de la mano del capricho-
lo observamos deslizarse por el margen estrecho
del tobogán (siniestro) de las locuras.
Y nos mira,
nos señala,
y se nos ríe.

No sé si serán los otros,
aquellos humanos,
que apoyados en alguna otra valla invisible
nos hacen la guardia moral
dejando huir
a más de una estrella fugaz vacía.
Y es una pena, porque cuando el día está gris,
cuando el color del cielo
goza del indefinido,
la vemos,
vemos la hipocresía
donde nos vemos sumergidos
triunfa por sobre los corazones,
los nuestros corazones
-que aunque duerman
sobre la sábana empapada de llantos carentes de explicaciones-
corren ahorcados bajo disfraces de monja romana,
muerta enamorada.

Y se me vienen las escandalizadas e insoportables ganas
de expresarme con los brazos, con mi boca,
con mis ojos, pero por sobre todo
con MIS palabras.
Enfatizando el MIS porque no recuerdo ya cuánto tiempo
ha pasado de aquel día en el que olvidé
mi alma en un asiento de desierto,
de esos que usamos como psicólogos
de equivocados impulsos.

Y todo yo se extasía al pensar que mis verdades
podrían flotar en el viento,
y sentirme más libre
y más yo y más música...
Pero como en los cuentos de bosques prohibidos,
la luz que atraviesa me duele.
Esa luz nacida en el requiem de mi deseo encubierto...

Y se me pasa la vida,
se NOS pasa la vida,
amarrados entre nosotros
con el piolín como el silencio forzoso
que prende a tu inquieto y al mío.

Y volvemos a los humanos, y su moral y sus bocas
que sacuden ideales absurdos,
clases protocolares;
bocas de lenguas enardecidas de entretenimientos
que nos enganchan el cuello,
nos paralizan los sueños.

Yo sé que te conté alguna vez de mis lastimosas fantasías,
de mi incompleta historia de cuentos
de princesas sin corona.
Yo sé que te discutí alguna vez
sobre los filos de la infidelidad
que compramos en el confesionario a menos de 2 pesos.
Pero no hubo caso a nada, decidimos sellar el sol con las manos,
y caminar con los cordones de las zapatillas
atadas por algún chiquillo al que llamamos demonio,
aunque aún sensibilizados por la fricción de la piel
en la que nos fundimos como miel en una taza de té caliente.
Pero es en vano, el placer ya no existe.

Escribimos una historia
y borramos el lápiz con el que nos dibujamos irreales/reales
mientras entendíamos,
a duros golpes,
que la hipocresía era eso,
ese malestar como la piedrita en el zapato,
o como la planta que crecía entre las grietas
de los corazones que latían desbordados de ansiedades
-hasta de cansancio-
a veces con amores correspondidos,
o a veces simplemente con deseos silenciados.
(que bien nos tentaban,
en la noche de Mendoza)